Los errores más habituales en cerámica son las piezas que explotan en el horno, las grietas de secado, las asas despegadas, el grosor irregular y el esmalte descamado — casi siempre por exceso de humedad o una mala unión entre piezas de barro. Te explicamos cada uno y cómo evitarlos en el taller, sin dramas ni tecnicismos.
Es el drama por excelencia: abres el horno y tu pieza favorita se ha convertido en confeti de barro. Casi siempre pasa por uno de estos dos motivos.
Amasando bien el barro antes de empezar (con la técnica de cabeza de buey o en espiral, que es de las primeras cosas que enseñamos en clase) y siendo estrictas con los tiempos de secado antes de cocer. La pieza tiene que estar fría y seca al tacto, no solo "parece seca".
El barro tiene memoria, y si lo fuerzas, te lo hace saber. Las grietas de secado son de los fallos más frecuentes en quienes empiezan.
Con paciencia, que es la palabra mágica en cerámica. Tapamos las piezas con plástico los primeros días para que el secado sea lento y uniforme, y siempre secamos sobre madera o escayola. Si una zona se seca antes que otra, ahí es donde aparece la grieta — así que cuanto más parejo, mejor.
Pocas cosas frustran tanto como pegar el asa de tu taza con todo el cariño del mundo... y encontrártela suelta en el suelo del horno.
Apretar barro contra barro sin más, confiando en que "ya se pegará solo". No es suficiente — y menos si las dos piezas no tienen la misma humedad.
En clase enseñamos a "coser" las uniones: rayar en cruz las dos superficies, aplicar barbotina (nuestra mezcla de arcilla y agua, viene a ser el pegamento del barro) y fusionar bien presionando. Así el asa y la pieza se vuelven una sola cosa, no dos pegadas.
Uno de los errores más silenciosos: no se nota hasta que la pieza ya está en el horno.
Trabajando el grosor de forma consciente mientras modelas, y vaciando siempre las piezas macizas antes de dejarlas secar. Es de esas cosas que, con un par de clases de torno o modelado, se te queda en la mano casi sin pensarlo.
Este es de los errores más comunes entre quienes empiezan, y muchas veces pasa desapercibido: se nota más en el resultado final que en el momento en que ocurre.
Mojar demasiado la pieza con la esponja mientras la trabajas, o pintarla entera (engobe o esmalte) cuando todavía no ha llegado al estado de hueso. En ambos casos metes más agua de la que el barro puede asumir sin perder forma ni firmeza.
Rematando las piezas con los dedos mientras están húmedas, para tener que recurrir a la esponja lo menos posible. Dejamos que la pieza se seque despacio y, si queremos pintarla entera, esperamos a que esté en estado de hueso — así el barro aguanta el agua de la pintura sin ablandarse ni deformarse.
El esmalte es pura química, y tiene sus propias normas. Aquí es donde vemos los fallos más variados.
Aplicando el esmalte en capas uniformes (ni chorreando ni transparentando), limpiando siempre el polvo con una esponja húmeda antes de esmaltar, y lavándonos bien las manos justo antes. Son gestos pequeños que marcan toda la diferencia en el resultado final.
¿Quieres aprender a evitar estos fallos desde el primer día?En nuestras clases te enseñamos la técnica correcta paso a paso, sin prisa y sin postureo.
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